Cheo Navarro

LEGENDARIO E INEVITABLE

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El nombre y la actividad musical de “Cheo Navarro” es sustancial e inevitable para la salsa hecha en Caracas. El percusionista y director de orquestas le ha pasado por el centro a la música caribeña de tal manera, que siempre vamos a encontrar una referencia suya en varios de los fenómenos salseros del país. Esto, a partir de un remoto 1971, cuando se embulló de tal forma con la orquesta de Tito Rodríguez que ya más nunca quiso hacer otra cosa sino tocar como aquella gente (lo hacía golpeando con lápices y palios viles cuanto libro, perol y tapa de olla se le atravesaba en su casa), pasando por el momento en que se juntó con otros enfermos de melodía para fundar el grupo Mango (tenía 21 años en ese entonces). El respeto entre los que saben se lo ganó tocando y descargando allí, donde se batía el cobre de la música del Caribe.

Además de fundar orquestas que ya forman parte de nuestra historia musical y sentimental (Mango, Sensación, Bailatino y ahora Cheo Navarro y su Orquesta Tributo), tocó y compuso para otros emblemas marca Sexteto Juventud, Federico y su Combo Latino, El Trabuco Venezolano, La Crítica de Oscar de León, la orquesta Renovación; con Coco y su Sabor Matancero y Naty y su Orquesta; ha aderezado también las orquestas de Orlando Castillo “Orlando Watussi”, Guajeo de Alfredo Naranjo Carvajal y el “Pavo” Frank, entre las nacionales, mientras que en las alturas del soneo internacional ha tocado con Jhonny Pacheco, Ismael Miranda Carrero, Andy Montañez, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Daniel Santos, Pete “Conde” Rodríguez y un etcétera que ya no es necesario —y, tal vez, tampoco posible— enumerar en su totalidad.

“Bravo Rumbero” es probablemente su composición más resonante, la canción de su autoría que recuerdan más fácilmente los salseros de estirpe y también los no necesariamente salseros, pero que tenían el sentido del oído funcionando mal que bien, durante los años 70-80.

En el Bloque 6 del 23 de Enero lo aprecian con la reverente generosidad con que los pueblos humildes homenajean a sus ídolos genuinos: es el ilustre vecino que los ha puesto y los pone a bailar y, de paso, es el sencillo hombre de pueblo cuya estatura se encuentra en la obra y no en la vanidad.

La industria musical no ha sido todo lo generosa que ha debido ser con este caballero. Precisamente con él, que se ha esforzado en homenajear a los dioses de su devoción musical. Las sonoridades de sus creaciones orquestales son permanente tributo a los monstruos del sabor.

Fama que, a punta de payola y otros recursos, ha logrado encumbrar otros nombres para el negocio y para la Historia. Pero, puesto cara a cara, de músico a músico, con quien sea, “Cheo Navarro califica como uno de esos íconos fundamentales, dignos de grata recordación, arraigados a su pueblo y a la cultura urbana.